A man falls in love through his eyes,
a woman through her ears.
Woodrow Wyatt
miércoles, 12 de noviembre de 2008
jueves, 6 de noviembre de 2008
Las alas son para volar
Para volar, hay que crear el espacio de aire libre
necesario para que las alas se desplieguen...,
para volar hay que empezar corriendo riesgos.
necesario para que las alas se desplieguen...,
para volar hay que empezar corriendo riesgos.
sábado, 11 de octubre de 2008
El destino...

"En Nueva York hay un momento en el cual, aún antes de que caigan las primeras hojas, sientes el paso de las estaciones, el aire es fresco, el verano se ha ido y, por primera vez en varios meses, tienes que ponerte una manta en la cama, y eso despierta en ti otras necesidades (...)
Aquella noche me puse a pensar en el destino, en esa chaladura de que en realidad no somos responsables del rumbo de nuestras vidas, de que todo está predestinado, escrito en las estrellas, tal vez sea por eso por lo que cuando vives en una ciudad desde la que no se ven las estrellas tu vida sentimental sea más azarosa, y si cada hombre, cada beso, cada dolor viene definido por algún catálogo cósmico, ¿puede uno dar un mal paso y pasar toda la vida a la deriva por su vía láctea personal? No podía evitar preguntarme, ¿podemos cometer un error que nos aparte de nuestro destino? (...)
Ya era oficial, había llegado el otoño. Tal vez sean nuestros errores los que confirmen nuestro destino, porque sin ellos, ¿qué daría forma a nuestras vidas? Tal vez si nunca nos desviáramos del rumbo fijado no nos enamoraríamos, no tendríamos hijos, ni seríamos quienes somos; después de todo las situaciones cambian y también las ciudades, y las personas entran y salen de nuestras vidas, pero es un consuelo saber que aquellas a las que amas siempre vivirán en tu corazón y, si tienes suerte, a un vuelo de distancia."
Carrie Bradshaw
Sex & The City
Sex & The City
domingo, 5 de octubre de 2008
Los caminos
El otoño ya llega, y haciendo honor a su presencia, las hojas de los árboles recorren las calles deslizándose como si una mano invisible las empujase, transportándolas de un sitio a otro para recordarnos que ya no es tiempo de calor, que los días menguan y que el sol es un compañero caro de viaje.
He hecho reformas en mi cuarto (pocas, pero eficientes): he cambiado de sitio muebles, he arreglado los estores y he comprado un elemento fundamental para acondicionarlo como se merece, pinturas.
Ahora parece más pequeño, pero me gusta (a mi hermano y a mi cuñada también les ha gustado el cambio); creo que he encontrado el equilibrio, aunque seguro que los maestros del feng-shui no opinan lo mismo.
Este fin de semana me he dedicado a no hacer nada, o, por lo menos, intentarlo. Ha sido agradable ver a mi cuñada y compartir secretillos con ella, porque, entre unas cosas y otras, hacía tiempo que no nos poníamos al día. La verdad es que es una persona que me proporciona tranquilidad y sus consejos los tengo en consideración (aunque hay veces que se equivocan, supongo que es porque, en realidad, quien te conocer realmente eres tú mismo).
Pues sí, resulta que ayer estaban de aniversario, cinco años ya, y parce que fue ayer cuando la vi por primera vez... la verdad es que todo ha cambiado mucho en estos últimos años, aunque, sin ir tan lejos, en estos últimos tiempos.
Ayer, después de dejar a Sabi en el portal de su casa (es que siempre me acompaña a mi, y creí que ayer debía hacer un bonito acto de amistad dejándola en su casa, la pobre siempre se preocupa de todo el mundo menos de ella misma), encendí un cigarrillo y me fui paseando por Paseo de Gracia hasta Gran Vía; estaban las casetas de la Feria del Libro Antiguo y de Ocasión, sin abrir claro, y me pareció increíble que hubiese pasado un año desde la última vez que estuvo en Barcelona (o tal vez la confundo con otra feria que haya venido). Me pareció increíble porque parece que el tiempo corre y yo me quedo atrás, que voy a destiempo y no llego a cogerle la mano con fuerza para que no me deje aquí.
Voy un poco perdida últimamente (para variar), todo se me queda grande y parece que no asimilo los días, ni los momentos; noto que me falta algo que no sé qué es o que he perdido algo que no encuentro, es como una sensación de vacío bajo mis pies, como si buscase algo; y entonces el miedo hace mella en mi y echo el freno, da igual la velocidad a la que vaya y las consecuencias que ocasione, tiro de la palanca y ya está.
Tal vez sea eso lo que me define, que cuando encuentro el camino, ando y ando, y empiezo a ver como la maleza asedia la vía y en vez de apartarla con uñas y dientes, me bloqueo, paro y lloro, y corro hacia atrás. No debo hacer eso, no quiero hacerlo, pero no puedo evitarlo.
Y después, ya a salvo, veo el camino y me doy cuenta de que la maleza que veía no era más que el miedo, mis miedos, pasados y futuros, y lloro con más rabia por ser así de tonta, por desviarme el camino que quería, por abandonar mis ilusiones.
Sólo espero que algún día encuentre el camino a recorrer sin miedo, y que cuando vea mis miedos avanzar los aparte de mis pasos y se queden en la cuneta, para que nunca más vengan a asustarme.
He hecho reformas en mi cuarto (pocas, pero eficientes): he cambiado de sitio muebles, he arreglado los estores y he comprado un elemento fundamental para acondicionarlo como se merece, pinturas.
Ahora parece más pequeño, pero me gusta (a mi hermano y a mi cuñada también les ha gustado el cambio); creo que he encontrado el equilibrio, aunque seguro que los maestros del feng-shui no opinan lo mismo.
Este fin de semana me he dedicado a no hacer nada, o, por lo menos, intentarlo. Ha sido agradable ver a mi cuñada y compartir secretillos con ella, porque, entre unas cosas y otras, hacía tiempo que no nos poníamos al día. La verdad es que es una persona que me proporciona tranquilidad y sus consejos los tengo en consideración (aunque hay veces que se equivocan, supongo que es porque, en realidad, quien te conocer realmente eres tú mismo).
Pues sí, resulta que ayer estaban de aniversario, cinco años ya, y parce que fue ayer cuando la vi por primera vez... la verdad es que todo ha cambiado mucho en estos últimos años, aunque, sin ir tan lejos, en estos últimos tiempos.
Ayer, después de dejar a Sabi en el portal de su casa (es que siempre me acompaña a mi, y creí que ayer debía hacer un bonito acto de amistad dejándola en su casa, la pobre siempre se preocupa de todo el mundo menos de ella misma), encendí un cigarrillo y me fui paseando por Paseo de Gracia hasta Gran Vía; estaban las casetas de la Feria del Libro Antiguo y de Ocasión, sin abrir claro, y me pareció increíble que hubiese pasado un año desde la última vez que estuvo en Barcelona (o tal vez la confundo con otra feria que haya venido). Me pareció increíble porque parece que el tiempo corre y yo me quedo atrás, que voy a destiempo y no llego a cogerle la mano con fuerza para que no me deje aquí.
Voy un poco perdida últimamente (para variar), todo se me queda grande y parece que no asimilo los días, ni los momentos; noto que me falta algo que no sé qué es o que he perdido algo que no encuentro, es como una sensación de vacío bajo mis pies, como si buscase algo; y entonces el miedo hace mella en mi y echo el freno, da igual la velocidad a la que vaya y las consecuencias que ocasione, tiro de la palanca y ya está.
Tal vez sea eso lo que me define, que cuando encuentro el camino, ando y ando, y empiezo a ver como la maleza asedia la vía y en vez de apartarla con uñas y dientes, me bloqueo, paro y lloro, y corro hacia atrás. No debo hacer eso, no quiero hacerlo, pero no puedo evitarlo.
Y después, ya a salvo, veo el camino y me doy cuenta de que la maleza que veía no era más que el miedo, mis miedos, pasados y futuros, y lloro con más rabia por ser así de tonta, por desviarme el camino que quería, por abandonar mis ilusiones.
Sólo espero que algún día encuentre el camino a recorrer sin miedo, y que cuando vea mis miedos avanzar los aparte de mis pasos y se queden en la cuneta, para que nunca más vengan a asustarme.
viernes, 19 de septiembre de 2008
Un siesta sin siesta.
Los incesantes ronquidos de mi padre impiden que pueda dormir.
Me reclino en el sofá pensando en lo bonito que es estar en casa y en la siesta que me espera después del café.
Mi gozo en un pozo.
Escucho el primer ronquido y parece que me hace gracia.
Pienso: "¡cómo se nota que estoy en casa!").
A los cinco minutos de escuchar en rítmico sonido pienso en hacer el TÍPICO=MÍTICO sonido ecuestre para que el subconsciente de mi padre piense en las cuatro horas que dormí esta noche (lo sé, ya sé que es porque quise, pero no dejan de ser cuatro insignificantes horas) y deje de emitir ese ronquido constante.
No surte efecto.
El sonido ha arrasado con las barreras impuestas por mi cerebro y parece que ha plantado bandera en el mismo centro de mi cabeza y sólo escucho ESO.
Me doy la vuelta.
Cierro los ojos.
Necesito dormir.
Quiero dormir.
Me espera un avión a las diez de la noche y, si el vuelo es como el de ida, me tocará una mujer de entre treinta y cuarenta años, que ha visto muchas pelis de Bruce Willis y Arnold Schwarzenegger y piensa que hoy será su último vuelo, lo que me provocará ansiedad, estrés y mala uva, y no podré leer, ni escribir, ni escuchar música, ni hacer el intento de echar una siestecilla.
No consigo dormir.
Mi madre ha desaparecido, creo que veintinueve años casados son suficientes para saber que una siesta cuando mi padre se cree uno de los tres tenores es imposible.
Abro los ojos.
Los abro pensando en muerte y destrucción.
Veo a mi padre.
Es imposible enfadarme viendo esa cara de placer, de gustera.
La boca medio abierta (o medio cerrada para los indecisos), la butaca reclinada, el pie "malito" descalzo, hinchado.
Con esta imagen no es posible alcanzar un grado mínimamente importante de enfado como para ponerte de mala leche.
Subo a mi cuarto.
Abro la maleta y me doy cuenta de que han pasado nueve días en un suspiro y ya me tengo que ir.
Mi madre quiere que le acompañe al super para comprar comida y enseres, porque, estoy segura, que piensa que como lo gallego nada, y porque es us forma de demostrar amor (¡gallegos!).
Vamos al super.
Volvemos.
Decido que puedo intentar dormir un poquito antes de ponerme con las maletas.
Me echo en la cama de mis padres (porque tengo la mía que parece el rastro de Madrid).
Cierro los ojos.
¡Y no me lo puedo creer!
A mi padre se le ha dado por cortar el césped.
Doy cuatro vueltas.
No me concentro en el sueño.
Pienso en todo lo que tengo que hacer con el sonido de la máquina de cortar el césped de fondo.
Tal vez esté nerviosa.
Sí, estoy nerviosa.
Lo admito.
Renacuajo.
Desisto de la idea de dormir.
Pienso que tal vez, con un poco de suerte, pueda echar una cabezadita en el avión.
Me levanto.
Voy a mi cuarto y veo cómo tengo todo.
No me apetece hacer la maleta.
Me da pena irme.
Echaré de menos a Zeta, a Mateo, a Tito, a Sonia, a Alberto, a Xela, a Isa, a Raquel, a Lucía,...
Pero estaré bien.
Ellos saben que estaré bien.
Y que siempre estoy con ellos.
Y hoy me voy porque me apetece.
Porque estoy bien.
Me tengo que ir.
Me da pena irme.
Me da pena porque los dejo aquí, y mientras escribo esto escucho a mi madre que empieza empaquetar comida en cantidades ingentes porque piensa que tiene como hijos al millón de soldados de las Fuerzas Armadas, en vez de a dos.
Pero me gusta.
Me gusta ver reflejado en sus ojos el amor que le sale de dentro, el cariño que manifiesta con sus actos, las ganas de volver a vernos cada vez que nos vamos, la pena que le sale del alma cuando me despido en el aeropuerto y la veo allí plantada, junto a mi padre, delante del detector de metales, pensando, contando, seguro, los días que faltan para volver a vernos.
Y no se mueve.
Se queda ahí hasta que desaparezco de su vista.
Y, aún así, se queda un rato más.
La vuelvo a ver.
Y sigue ahí.
Tranquila mamá, que vuelvo en Navidad.
Estaré bien.
Tengo alguien que me cuida y se preocupa por mi.
Hasta la vuelta.
jueves, 18 de septiembre de 2008
Este pedacito de mi
... hace muchos días que debería estar donde estoy, pensar lo que pienso y sentir lo que siento...
... hace muchos días que no me enfrento a mi hoja en blanco, a mis esbozos de indiferencia y a mis bocetos de palabras...
... y hoy, en mi ciudad, en mi casa, me dispongo a emborronar este pedacito de mi, a llenar los espacios en blanco de los latidos de mis dedos, del sonido de mis palabras y de la voz de mis manos...
... os debo momentos vividos y no explicados, os debo horas y horas de letras y, sobre todo, lo que más os debo es...
Sin faltar a la verdad, he de decir que los días han pasado veloces, que las horas se han escurrido entre mis dedos y que los minutos hace tiempo que desaparecieron del minutero.
No sé, podría empezar diciendo que desde mi último post he cumplido años, he roto ilusiones y he creado sueños... son estas cosas que aparecen y desaparecen sin darnos cuenta, como esas ventanas que sólo se abren cuando el espacio y el tiempo coinciden, cuando los planetas se alinean de tal forma que han creado un nuevo mundo.
Supongo que los seres humanos somos tan imperfectos que logramos destruir y crear en un abrir y cerrar de ojos, destruimos aquello que tanto nos ha costado construir por simples vanidades o envidias o, simplemente, porque, como personas que somos, nos equivocamos; y creamos con el mismo ahínco, con el mismo empeño, con el que construímos la primera vez.
Lo bueno es que una vez que nos caemos, por muy duro que sea el golpe, por difícil que se nos haga abrirnos al mundo, nos levantamos después de llorar ríos de lágrimas y de jurar y perjurar que esto nunca nos volverá a pasar; pasamos días, semanas, meses con una herida abierta, pero poco a poco cierra, y quien da los puntos de sutura son las personas que están a nuestro lado y quien hace que desaparezca la cicatriz son unos ojos que ven la belleza de tu herida, que te aplica agua yodada y que te susurra palabras de calma al oído.
Por esto, y por estos momentos son por los que merece la pena todo, porque vuelves a crear, vuelves a sentir,vuelves a ilusionarte, vuelves a soñar despierta, vuelves a ser tú, vuelves a vivir con más ganas, vuelves a dibujar en tu corazón, vuelves a pintar los días del color que tú quieres,...
viernes, 5 de septiembre de 2008
Los sueños
"¿No has sufrido nunca una pesadilla terrible, que es imposible reconstruir toda entera al despertar? Quedan vagos retazos en la memoria y mal sabor de alma, pero unirlos todos es imposible.
La alegría renace al entender que todo aquello que se soñó, y que era espantoso, aunque no se sepa bien lo que era, resultó ser sólo un sueño.
Ahora tengo la sensación de que, al fin, he despertado."
La alegría renace al entender que todo aquello que se soñó, y que era espantoso, aunque no se sepa bien lo que era, resultó ser sólo un sueño.
Ahora tengo la sensación de que, al fin, he despertado."
Alice Gould
Los renglones torcidos de Dios
Los renglones torcidos de Dios
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