jueves, 3 de abril de 2008

Basta de príncipe azul

Quiero haceros partícipes de un artículo de Carmen Posadas que salió publicado en el Semanal hace ya un par de meses, que creo que ya os había hablado del impacto que había provocado en mi, y que encontré rebuscando entre mis papeles buscando, naturalmente, otra cosa:

Tengo una amiga que ha elaborado una original teoría sobre las relaciones personales. Según ella, cometemos el error de intentar encontrar nuestra media naranja -quimera cada vez más inalcanzable-, cuando lo que debemos procurarnos es el monstruo de Frankenstein. Dicho así suena 'friky', pero la teoría tiene su punto, de modo que voy a intentar explicarla.
Mi amiga dice que nos pasamos la vida soñando con la persona perfecta, esa con la que compartir todas las parcelas de la vida: el sexo, las aficiones, los proyectos, que además sea nuestra mejor consejera y nuestro paño de lágrimas cuando vengan mal dadas.
Lo malo es que tal dechado de virtudes no existe; pues el que es una fiera en la cama es también un ojo alegre que corre detrás de todo lo que lleve faldas. Aquel que parece nuestra alma gemela, porque le gusta tanto Oscar Wilde como Pink Floyd, es un vago de siete suelas al que le molesta nuestro éxito profesional. Y, por fin, el santo que aguanta todas nuestras neuras, nos ama con indesmayable pasión y mataría por nosotros es más aburrido que chupar un clavo y soporífero como el Valium.
"Seamos realistas -dice mi amiga-, esto es lo que hay y más vale no hacerse películas. Para colmo, resulta que la mayoría de nosotros/as (la teoría es válida para hombres y mujeres) sabe todo esto de sobra, pero ahí es donde entra el 'engaño Stendhal'." "¿Y qué es eso?", pregunté yo, interesadísima. "Ya sabes", respondió mi amiga. "La inefable teoría de la cristalización. Dice Stendhal que cuando uno se enamora, se produce el mismo fenómeno que cuando se arroja un tronco seco a una mina de sal. La sal recama el tronco de bellísimos cristales que nos hacen ver como una joya lo que no es más que una rama vieja. Pasado el enamoramiento, se acaba la cristalización y volvemos a ver el tronco tal como es. En otras palabras, la persona que amamos no tiene ni la mitad de las virtudes que le atribuimos y más pronto que tarde empiezan a notarse sus carencias. A medida que nos vamos haciendo viejos, afortunadamente, seguimos enamorándonos, pero ya sabemos que todo es una idealización, de modo que cada vez resulta más difícil encontrar alguien potable. Entonces es cuando se hace necesario recurrir al doctor Frankestein."
Acto seguido, me explicó que la solución es crear un monstruo con trozos de personas hasta formar la media naranja ideal. "Evidentemente no se trata de descuartizar a nadie, sino de procurarse una persona como pareja estable, otra con quien compartir inquietudes intelectuales, una tercera para las confidencias más íntimas y hasta una cuarta para la cama, si es menester. Además, con este sistema se acabaron las neuras existenciales porque lo que no te da uno te lo da otro, ¿comprendes?"
Yo le dije que sí muy educadamente, aunque su teoría me pareció un disparate, pero luego, dándole vueltas, me he dado cuenta de que no es tan descabellada. Por supuesto no estoy de acuerdo en eso de tener tres o cuatro amantes (misión imposible en los tiempos que corren cuando encontrar uno presentable ya es un triunfo), pero sí me parece interesante la idea de no esperarlo todo de una sola persona. Pienso que una de las razones por la que fracasan tantas parejas es porque todos tenemos una idea 'muy Hollywood' del amor: creemos que enamorarse significa encontrar de golpe al ser perfecto y cuando nos damos cuenta de que le faltan piezas surge el desencanto.
Sin caer en la poligamia de mi amiga, pienso que es buena idea no poner tantas expectativas en una sola persona. Porque, aunque le disguste a los amantes de los topicazos, la felicidad consiste, precisamente, en olvidar al príncipe azul y en no esperar peras del olmo. Ya lo dijo Billy Wilder en una de sus frases románticas más paradójicas: "Nadie es perfecto" (y nosotros tampoco).

Lean y juzguen amigos.

miércoles, 2 de abril de 2008

El maestro de esgrima

- Vivimos tiempos difíciles, don Jaime.
- Y que lo diga.
- Tiempos de angustia, de zozobra... -se llevó el pianista una mano al corazón, tanteándose una inexistente cartera-. Tiempos de soledad.
Emitió Jaime Astarloa un gruñido que a nada comprometía. Romero lo interpreto como una señal de asentimiento, y pareció confortado.
- El amor, don Jaime. El amor -prosiguió al cabo de un momento de triste reflexión-. Eso es lo único que puede hacernos felices y, paradójicamente, es lo que nos condena a los peores tormentos. Amar equivale a esclavitud.
- Sólo es esclavo quien espera algo de los demás -el maestro de esgrima miró a su interlocutor hasta que éste parpadeó, confuso-. Tal vez sea ése el error. Quien no necesita nada de nadie, permanece libre. Como Diógenes en su barril.
El pianista movió la cabeza; no estaba de acuerdo.
- Un mundo en el que no esperásemos algo de los otros sería un infierno, don Jaime... ¿Sabe usted qué es lo peor?
- Lo peor siempre es cosa muy personal. ¿Qué es lo peor para usted?
- Para mí la ausencia de esperanza: sentir que se ha caído en la trampa y... Quiero decir que hay momentos terribles, en que parece no haber una salida.
- Hay trampas que no la tienen.
- No diga eso.
- Le recuerdo, de todas formas, que ninguna trampa tiene éxito sin la complicidad inconsciente de la víctima. Nadie obliga al ratón a buscar el queso en la ratonera.
- Pero la búsqueda del amor, de la felicidad... Yo mismo, sin ir más lejos...

lunes, 31 de marzo de 2008

Vaya mierda!

¿No os pasa a veces que os gustaría esconderos debajo de las sábanas y no salir hasta que todo tuviese el color que desearais? Pues si no os ha pasado nunca: felicidades! Y a los que le ha pasado supongo que tenemos algo en común.
Ha sido un fin de semana para olvidar, aunque creo que la que está siendo olvidada soy yo, por todos y por nadie... me siento cansada, confundida, enfadada, llena de algo que llamaría impotencia pero que no sería justo denominarlo así,... me gustaría dormir, descansar, no pensar en nada que no fuese en respirar para mantenerme viva.
Hoy, cuando llegué a la oficina después del fin de semana y me preguntaron cómo había ido el finde, creía que me moría, no sabía si tenía deseos de asesinar o de ser asesinada (por lo menos así elimino la mala conciencia).
Creo que la clave del fin de semana ha sido que no ha pasado nada, salvo el sábado por la noche que salí con unos amigos a cenar y a tomar una cerveza.
A veces me pregunto si soy demasiado exigente, si es que necesito todo para ser feliz, si sentirme incomprendida es natural y que me sentiré así el resto de mi vida,... me gustaría pensar que no, que sólo es una impresión mía, locuras de mentes sin descanso, pero ni hoy, ni ayer, ni antes de ayer me he sentido mal, pero sería mentir.
Ayer por primera vez desde que llegué aquí sentí, deseé estar en mi casa, con mi gente, por encima de todo y de todos. Me gustaría ser libre, y que mis actos de libertad no fuesen penados, no tuviesen consecuencias,... pero ya es imposible, tengo 26 años y de mis causas hay efectos.
No me gustó pensar eso, y menos que lo siga pensando hoy, pensé que anoche por ser noche pensaba eso, pero hoy con la luz del sol y el brillo del sol sigue sin apetecerme sonreir. ¿Habré hecho bien? ¿No me arrepentiré? ¿Por qué dudo? ¿de qué tengo miedo?
Vaya mierda!
Habré puesto demasiada carne en el asador y se me habrá quemado, o simplemente se estará haciendo poco a poco, a fuego lento.
No sé, hoy todo es confusión y ya estoy cansada de pensar.

domingo, 30 de marzo de 2008

Territorio comanche (IV)

El horror puede vivirse o ser mostrado, pero no puede comunicarse jamás. La gente cree que el colmo de la guerra son los muertos, las tripas y la sangre. Pero el horror es algo tan simple como la mirada de un niño, o el vacío en la expresión de un soldado al que van a fusilar. O los ojos de un perro abandonado y solo que te sigue cojeando entre las ruinas, con la pata rota de un balazo, y al que dejas atrás caminando deprisa, avergonzado, porque no tienes valor para pegarle un tiro.

sábado, 29 de marzo de 2008

El horror (III)

El horror. Barlés movió la cabeza: la gente no tiene ni puta idea. Cualquier imbécil, por ejemplo, lee El corazón de las tinieblas y cree saberlo todo sobre el horror, así que pasa dos días en Sarajevo para elaborar la teoría racional de la sangre y de la mierda, y a la vuelta escribe trescientas cincuenta páginas sobre el tema y asiste a mesas radondas para explicar la cosa, junto a cantamañananas que no han peleado jamás por un mendrugo de pan, ni oído gritar a una mujer cuando la violan, ni se les ha muerto nunca un crío en los brazos antes de pasar tres días sin poderse quitar la sangre de encima porque no hay agua para lavarse la camisa. Con los compromisos intelectuales, con los manifiestos de solidaridad, con los artículos de opinión de los pensadores comprometidos y las firmas de las figuras de las artes y las ciencias y las letras, los artilleros serbios se limpiaban el culo desde hacía tres años.

viernes, 28 de marzo de 2008

Ojos de miedo (II)

En la guerra, los ojos de un animal herido son idénticos a los de un niño, porque mira a los hombres como el chiquillo mira a los adultos:reprochándoles un dolor que siente y cuya causa no comprende.
Todos aquellos ojos de críos quemados por el napalm, desorbitados por el sufrimiento entre los vendajes que les cubrían la cara, en Jorramchar, en Estelí, en Tiro y en cientos de sitios que también eran siempre el mismo; todos los ojos de todos los niños de todas las guerras eran una larga recriminación sin palabras al mundo de los adultos.
Pero no hacía falta que estuviesen heridos, o muertos como aquel de seis años que filmaron pequeño y solo, con un inútil vendaje en torno a la cabeza, tan frágil con su boca abierta y los brazos y el pecho desnudos, en el suelo de la morgue de Sarajevo.
A veces el horror te aguarda agazapado, tranquilo, en la mirada de un crío vivo cualquiera, en una carretera perdida, en un sótano. En la cara del niño judío que levantaba - ¿levanta?, ¿levantará? - las manos junto a su madre, ante el impasible verdugo nazi en el ghetto de Varsovia. La memoria de un reportero siempre es la memoria de un largo álbum de viejas fotos, de imágenes que a veces se funden unas con otras, de recuerdos propios y ajenos.
Los vertederos llenos de muchachos torturados y muertos, en El Salvador. Las cárceles de Ceaucescu. La toma de la Quarantina por los falangistas libaneses.

miércoles, 26 de marzo de 2008

Pelusote


"Besitos padrinos"